domingo, enero 18, 2026

Filosofar es aprender a morir

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 Resulta que escapar del Tártaro tiene un efecto secundario importante: he perdido la inmortalidad
 
Me siento un poco como Damiel, el protagonista de El cielo sobre Berlín de Wim Wenders. Pero que nadie se preocupe por mí; al igual que le pasó a él, esta ha sido mi elección personal.

"En cada paso, en cada ráfaga de viento, me gustaría poder decir 'ahora' y ya no más 'siempre' y 'por la eternidad"

Durante milenios, mi existencia fue una recursividad mal planteada: un bucle infinito sin condición de salida. Subir la piedra, verla caer, repetir. Eso no es vivir, es simplemente ejecutar un código que nunca termina. Ahora, al ser mortal, me enfrento a lo opuesto: tengo un final definitivo.

Y como de todos modos nadie nos puede librar del miedo a ese final, y recordando que Sócrates decía que quienes se dedican a la filosofía correctamente no hacen otra cosa que "prepararse para morir", he decidido matricularme en la facultad.

Llevo solo un par de meses enfrascado con los presocráticos y, sorprendentemente, ¡ya está funcionando! Me está sirviendo para entender que la mortalidad es maravillosa. He comprendido que la vida humana tiene valor precisamente porque termina, porque es efímera. La escasez de tiempo es lo que le da valor al tiempo.

¡Eso sí! Sin prisas. Que esté aprendiendo a aceptar el final no significa que quiera apresurarme... ahora que por fin me siento libre.

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